La amistad entre dos monstruos del rock es siempre un asunto turbio. Mick Jagger acaba de soltar en el podcast de Conan O'Brien un relato que lo demuestra: David Bowie tocándole en casa una canción que era, básicamente, un calco de los Stones, y luego admitiendo sin pudor que era una «homenaje». Así funciona la cosa en la cancha grande.
Sucedió a principios de los setenta, en el apogeo del Camaleón del Rock. Bowie llevaba «The Jean Genie» bajo el brazo, lista para el álbum Aladdin Sane (1973), y la tocó en vivo para Jagger. El resultado fue tan obvio que Mick no aguantó: «¿Vos me robaste todas mis cosas?» La respuesta de Bowie fue de una honestidad casi infantil: «Sí, lo sé. Es una homenaje para vos.»
El blues rock que todo el mundo reconoce
«The Jean Genie» salió en noviembre de 1972 como primer single del disco y se clava en el segundo lugar de la parada británica. No es casualidad: ese riff de guitarra arrastrado, esa gaita que suena como un gruñido, ese ritmo de blues rock que pesa —eso es territorio de los Stones y Bowie lo sabía perfecto.
Ahora bien, acá viene lo interesante. Bowie no simplemente pasó una canción. La letra y el personaje principal vienen de Iggy Pop y del escritor francés Jean Genet. Es decir: robo el andamiaje sonoro, pero armó la casa con sus propios ladrillos. Eso no es plagio; es diálogo. Y ese diálogo es lo que hace crecer el rock.
La competencia que genera cosas grandes
Jagger cuenta que Bowie era «mucho más competitivo» que él, tan competitivo que lo obligó a serlo. Eso no suena como una queja; suena como admiración. Porque acá está el punto que muchos pierden: estos tipos no se odiaban por competir. Competían porque se respetaban. Y el rock ganaba con eso.
La cosa cambió después. Cuando la gente empieza a copiar sin diálogo, sin «homenaje» real, sin aportar su propia voz, ahí se pudre. Pero esto que cuenta Jagger de Bowie es otra liga. Es dos gigantes viéndose a los ojos y diciendo «bueno, vos tuviste una idea genial y yo la quería también». Hoy eso suena a otro planeta.



