Hay momentos en los que la música y la realidad chocan de formas que duelen. El caso del cantante D4vd —nacido David Anthony Burke, de 21 años— es uno de esos momentos que obliga a la industria a mirarse al espejo. Durante la audiencia preliminar en Los Ángeles, los detalles han salido a la luz de manera brutal: se acusa al joven artista de haber asesinado y desmembrado a Celeste Rivas Hernández, una menor de 14 años, alrededor de septiembre de 2025. Lo que emerge del testimonio de los peritos criminales es un retrato de un intento de enmascaramiento que fracasó.
Los aromatizadores: un intento fallido de ocultamiento
Once aromatizadores en un Tesla. Los investigadores del LAPD encontraron más de una decena de productos perfumados esparcidos por el vehículo: en la consola central, en los bolsillos de los asientos traseros, en el maletero. Parece casi surrealista: usar fragancias comerciales para enmascarar lo incontrolable. La perita Chelsea Murillo describió en su testimonio un «fuerte olor» consistente con un cadáver en estado de putrefacción, a pesar de los aromatizadores. No funcionó. Y eso es precisamente lo que lo hace perturbador: el cálculo fallido de alguien que creía que la higiene química podía resolver lo irresoluble.
La evidencia forense que lo develó todo
El Bluestar —un reactivo similar al luminol— iluminó manchas de sangre en el maletero trasero y en diversas superficies de la garaje donde supuestamente ocurrió el crimen. El análisis de ADN confirmó que parte de esa sangre pertenecía a la víctima. Según la acusación, los restos desmembrados fueron colocados en bolsas negras bajo el capó del vehículo. No hay escape posible ante la ciencia forense: todo quedó registrado, catalogado, evidencia.
Un artista de 21 años en uniforme naranja enfrenta cargos. La defensa ha cuestionado algunos aspectos de la colección de muestras, pero los hechos forenses permanecen.
¿Por qué esto importa aquí?
En Radio Aparato cubrimos historias de rock desde una perspectiva local, y este caso toca algo incómodo que la industria musical —incluida la de Paraguay y Latinoamérica— ha intentado ignorar: los artistas son personas, a veces personas capaces de lo peor. No hay álbum póstumo que redima, no hay narrative arc que resuelva, no hay manera de separar limpiamente al creador de sus actos cuando esos actos son de una brutalidad como esta.
El rock siempre jugó con la oscuridad, con la transgresión. Pero hay una diferencia abismal entre la provocación artística y la brutalidad real. Los aromatizadores en ese Tesla son el símbolo perfecto de esa distancia: un intento patético de perfumar lo imperdonable.



