Durante treinta años, Noel Gallagher ha hecho deporte burlándose de Phil Collins. Lo llamó "el anticristo de la música", le pidió a los británicos que votaran Labour para mantenerlo fuera de Inglaterra, y en una ocasión expresó su deseo de tener "la cabeza cortada de Phil Collins en mi heladera antes de fin de década". Ahora que ambos entrarán al Salón de la Fama del Rock este noviembre en Los Ángeles, Collins finalmente habla. Y su respuesta es tan sensata que casi duele: "Le doy el beneficio de la duda y asumo que no realmente piensa que soy el anticristo".
La historia tiene sus capas. Gallagher, en una entrevista de 1994, explicó que su odio visceral hacia Collins nació después de ver a Genesis en los ochenta mientras estaba completamente fuera de onda. Collins, con la paciencia de quien ha visto pasar las modas, especula que lo que asustó al de Oasis fue la canción "Mama" del álbum de Genesis de 1980: una pieza oscura donde Collins suelta una risa demoníaca mientras sostiene una linterna bajo su cara. Casi parece un sketch de Monty Python.
Lo curioso es que este beef nunca fue completamente en serio. En 2005, Collins respondió en una entrevista con Irish Examiner calificando a Oasis como rudo, horrible e intalentoso. Incluso la hija de Collins, la actriz Lily, se metió en la disputa enfrentándose con Liam Gallagher —hermano de Noel— en Live Earth 2007. Liam aclaró después que no odia a nadie. Clásico.
Qué dice esto sobre cómo el rock envejece
Porque es un recordatorio de que el rock británico de los noventa fue, en buena medida, una batalla generacional narrada por gente que tomaba demasiado. Gallagher representaba la nueva guardia, arrogante y desechable; Collins era el viejo orden, el tipo que había sobrevivido a los setenta y ochenta cuando nadie creía que Genesis seguiría de pie. Para Noel, Phil Collins era el símbolo del exceso de una era que él quería destruir.
Lo irónico es que Collins —a los 75 años— sale mejor parado de esta historia. No solo porque entiende que el tiempo pule las aristas, sino porque reconoce que la ironía tiene fecha de vencimiento. Gallagher, en cambio, sigue pegado a un rencor de hace treinta años contra un tipo que probablemente nunca lo miró con ese odio.
Esta es una pelea entre un rockero joven que necesitaba enemigos para sentirse relevante y un veterano que aprendió a reírse de sí mismo. Collins tiene razón en algo fundamental: el tiempo mostró diferencias de legado entre ambos. Gallagher nunca creyó de verdad que fuera el anticristo. Fue ruido, bravuconería generacional, la necesidad de un cantante de pisotear a quien vino antes. Hoy eso se ve por lo que es: un pendejada que envejeció mal.



