Sam Neill murió el lunes pasado a los 78 años, y con él se va una de esas carreras que no necesita justificación. Más de cinco décadas en pantalla repartidas entre hacer de paleontólogo rescatando humanos de dinosaurios saurios, meterse en el cuerpo de demonios sobrenaturales y sostener historias de cine de arte sin parpadear. Eso no es versatilidad al azar: es oficio, criterio y valentía para cambiar de registro.
La mayoría lo conocía por Dr. Alan Grant en Jurassic Park (1993), el rol que lo selló a fuego mundial y que revisitó en 2001 y nuevamente en 2022. Pero quien se quedara solo con eso perdería lo mejor. Neill construyó su carrera con la lógica de un músico de jazz: sabía cuándo pisar fuerte en un blockbuster y cuándo retroceder para dejar que otros brillen.
De Nueva Zelanda al horror sin escalas
Arrancó en serio en 1977 con Sleeping Dogs, un thriller neozelandés que le abrió puertas. Después vino My Brilliant Career (1978) con Judy Davis: una película sensible, casi invisible en sus movimientos, donde Neill jugaba de apoyo sin necesidad de gritar. Eso ya lo decía todo.
Pero donde realmente se afiló fue en el horror. Omen III: The Final Conflict lo puso a encarnar nada menos que a Damien Thorn, el Anticristo. Después llegó Possession (1981), la película maldita de Żuławski donde Neill metía el cuerpo en un caos visual que todavía hoy intimida. No era un actor que buscara comodidad.
La clave estaba en eso: podía ser el héroe de guerra en Attack Force Z (1981) con Mel Gibson, o el marido angustioso en A Cry in the Dark (1988) con Meryl Streep hablando de un caso real que dolía. Pasó por The Hunt for Red October como segundo de Sean Connery sin desentonar. Eso tampoco es casualidad.
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En 1993, el año de Jurassic Park, Neill también estuvo en The Piano. Tocaba el rol del tipo cruel, el marido que nadie quería. Holly Hunter, muda en la película, capturaba toda la luz; Neill estaba ahí para sostener la tensión, para ser el antagonista que hace que el drama respire. No es lo que la industria filma todos los días.
Luego vino el riesgo mayor: la televisión de prestigio. Peaky Blinders en 2013-14, Merlin como el mago del mito. Otro actor a los 60 años se hubiera conformado con vivir de la renta de Spielberg. Él seguía moviéndose.
Lo que Neill construyó fue raro en tiempos de franquicia: una carrera que no dependía de un solo rol. Los dinos lo hicieron célebre, pero no lo definieron. Eso, en el cine moderno, es casi revolucionario. Se fue dejando eso: el ejemplo de un tipo que sabía que el mejor rol es siempre el próximo.



